Un día de suerte

A Gonzalo no le gustaba la forma en que le miraban los niños de la panda de sudacas que se reunían todas las tardes junto a su portal. Probablemente tendrían que estar en el colegio, haciendo algo útil, en vez de quedarse ahí tirados en la calle, riéndose de sus absurdas fantasmadas de niñatos y repartiéndose cigarrillos o lo que fuera que se metiesen en la boca.

Gonzalo tenía que volver a subir andando al sexto piso, pasando por delante de la puerta del 2º B, que siempre estaba abierta, y escuchando los berrinches de la familia del cuarto, o las familias, o lo que diablos pudiera llamarse a la manada de seres que se apelmazaban en aquella casa, siempre gritando y peleándose entre ellos. El ascensor seguía sin repararse. Normal, pensaba Gonzalo. Él debía de ser el único gilipollas que pagaba la cuota de toda la comunidad.

Venía de hacer horas extras impagadas por enésima vez ya que su jefe, que se había pasado toda la mañana leyendo el Marca y diciéndole tonterías a la becaría, recordó, veinte minutos antes de irse, que tenían que presentar el informe de gastos de la cuenta de Pavisa y que Gonzalo tenía que tener preparados los papeles.

- ¡Esto ya tenía que estar hecho!

- Pero nadie me dijo que…

- “¿Nadie me lo dijo?” ¿Qué mierda de lloriqueos son esos, Gonzalo? ¿Es que hace falta decírtelo todo? ¡Tienes que ser proactivo, joder! ¡¡Proactivo!!

- ¿Pero cómo iba yo a adivinar…?

- ¡Que no quiero excusas! ¡A primera hora lo quiero en la mesa de mi despacho! ¿Estamos?

Gonzalo le deseó entre dientes un buen accidente de tráfico que le hiciera vomitar sangre hasta ahogarse, y se quedó hasta terminar el trabajo, como siempre. Se imaginó diciéndole cuatro palabras guardadas antes de dimitir y largarse de aquella repugnante oficina, pero con su lamentable salario, la casa, el coche, y sin ahorros, no podía permitirse perder aquel puesto.

Y menos con Linda.

Linda había sido de joven una pequeña muchachuela algo alocada y caprichosa. Ahora se había convertido en una psicópata. No quería ni pensar en cómo se pondría si le tuviera que decir que se quedaba en el paro.

Gonzalo abrió la puerta de casa.

- Ya estoy aquí.

- ¡A buenas horas!

- Me han entretenido… es esta mierda de trabajo que…

- ¿¿¿Es que ya no me quieres???

- No, no es eso, es que…

- Y ¿por qué? ¿por qué me dejas sola?

- Linda, por dios, no empieces otra vez, te lo he explicado… me ha tocado hacer un informe que…

- ¡¡Excusas!! ¡Siempre tienes alguna excusa preparada! Pero ¿qué pasa conmigo? ¿Cuándo tienes tiempo para mí? ¡Nunca! No hago más que estar en casa ocupándome de todo y tú no me atiendes lo más mínimo…

- Pero Linda, ya te dije ayer que…

- ¡¡Calla!! No intentes arreglarlo cuando no. ¡No!¡Es que no!

Gonzalo suspiró y se dirigió al sofá a intentar leer un poco el periódico, por lo menos. La casa estaba tan destartalada como siempre. Y había latas de cerveza vacías en la mesilla, enfrente de la tele.

- ¿Al menos puedo preguntar qué hay de cenar?

- ¡Albondigas!

Gonzalo oyó cómo Linda abría una lata, vertía su contenido, y cerraba el microondas.

- Así que todo el día ocupada…

- ¿¿Decías algo??

- No, no…

Gonzalo pasó la página del periódico. Noticias insulsas. Llegó a la página de los pasatiempos. Allí estaba. Su único momento de alivio del día. Un pequeño rayo de esperanza para cambiar a una vida mejor: Los resultados de la lotería.

Durante unos minutos, cada noche, antes de la cena, cerraba los ojos y se imaginaba todo lo que podría hacer si le salían los números, viajando en el avión a través de las nubes con rumbo a algún país lejano donde dejar todo atrás y empezar de nuevo.

En la tele ponían una antigua película de vaqueros que a Gonzalo le daba pereza cambiar.

- 5, el 5 lo tengo. empezamos bien. Coño, el 11 también lo tengo, ¿no? Sí. Joer, por lo menos, con un poco de suerte saco para echar este mes…

John Wayne advirtió a un pistolero que no debía sacar el revólver. Gonzalo se puso nervioso y sólo murmuraba para su camisa.

- Hostias… El 22… Hostias… ¿y si me toca….? ¡¡El 27!! ¡Tengo cuatro! Joder, joder, joder.

El pistolero no hizo caso y por supuesto, John fue más rápido. Sin una gota de sangre, el pistolero cayó al suelo, como poseído por un ataque epiléptico. Si salían el 35 y el 40, a Gonzalo probalemente también le daría uno. No quería ni mirar…

- Treinta y………………. ¡seis…! Pffff… Ya decía yo que era mucho….

Gonzalo se dejó caer en el respaldo del sillón con el periódico en la mano. Cerró los ojos y suspiró. Todavía le quedaba el último número, claro, pero él no soñaba con eso. 5 números podían ser una ayudita, no el regalo de una vida nueva. Abrió un ojo y vio el complementario.

- 3. Puah…

Su complementario era el 6. ni siquiera podría tener 5 más el complementario. Por fin se decidió a mirar el último número. 40. Tenía 5. No se lo podía creer. Nunca le habían tocado más que 3. Bueno, eso estaba bien. Muy bien…

- ¡Un momento…!

A Gonzalo le asaltó la duda. No podía tener tanta suerte. Algo tenía que haber salido mal. ¿Realmente esos eran sus números? ¿No había cambiado alguno? Casi siempre echaba los mismos. Se los sabía de memoria. Pero de vez en cuándo variaba alguno, por probar, así que no estaba seguro. Movió el trasero inclinándose hacia un lado y se llevó la mano al bosillo del pantalón. Linda le gritó.

- ¡Ahuecándote?? ¡Te he visto! ¡No te tires pedos en mi sillón!

Gonzalo chasqueó la lengua y se preguntó por un momento cómo podía estar siempre tan pendiente de encontrar una excusa para criticarle. Abrió la cartera y sacó el billete. Su número de siempre, sí: 5, 11, 22, 27, 36, 40. Gonzalo suspiró aliviado… posiblemente aquella fuera su primera alegría en años. ¿Qué podían ser? Dos o tres mil euros. Linda se lo quitaría enseguida… pero bueno, era algo.

- Bueno, pues cinco… ¿¿Ehm?? Espera…

Despistado por la emoción y con el cerebro aún conmocionado, la pelea que se había iniciado en el saloon al ritmo del pianista ejercía de ruido sin sentido a la mente absorta de Gonzalo. Puso con cuidado su billete junto a los resultados del periódico. 5, 11, 22, 27… ¡¡36!! A Gonzalo le temblaron las manos y se le hizo un nudo en la garganta. Le había bailado un número, sí… ¡el 36!

- Me… me ha tocado…

- ¿Decías algo?

Gonzalo necesitaba una prueba más, se negaba a creerlo. Casi incapaz de llegar hasta el mando, pulsó con torpeza el botón del teletexto y de alguna manera consiguió llegar a los resultados de la primitiva, para confirmarlo.

- Sí…. sí…. son… los… mismos….

- ¡¡¡¡Ay, Dios!!!!

El agudo chillido le transpasó el tímpano desde la nuca y le despertó del trance. Linda estaba justo detrás de él, viendo lo mismo que él. Con un rápido movimiento, Linda cogió el billete, e incrédula, comenzó a gritar.

- ¡¡¡¡Ah!!!! ¡¡¡¡Ay dios!!!! ¡Nos ha tocado! ¡¡Nos ha tocado!!

Gonzalo necesitaba respirar. Se puso en pie, muy serio.

- Dame el billete.

- ¡¡¡Somos ricos!!! ¡¡¡Ay dios y cristo y maría!!! ¡¡Es el número!! ¡No me lo puedo creer!

- Dame el billete, Linda.

Linda, con una sonrisa radiante y unos ojos llenos de brillo.

- Con esto nos compraremos una casa con piscina donde yo siempre quise… un coche para mí y bueno bueno bueno ¡dios! Llenaré mi armario de ropa nueva. ¡De las mejores tiendas! ¡No! ¡Me compraré dos armarios!

- El… billete… Linda.

Linda sólo miraba el billete y seguia hablando para sí. Gonzalo caminó despacio pero firme hacia ella.

- Por fin has hecho algo útil en tu vida. Voy a ser rica. Voy a tener de todo. Tendré varios perros. Y una asistenta, claro. Nunca más haré esta mierda… Y…

Las palabras se ahogaron en la garganta de Linda cuando las manos de Gonzalo se aferraron a su cuello y empezaron a apretar. Los ojos de Linda casi se salieron de sus órbitas y pese a la sorpresa, sus dedos no dejaron de sujetar el billete. Trató de zafarse y se tambalearon, dando varios pasos por el sucio suelo de la cocina, golpeándose contra la nevera, volteándose, tropezando contra la pila de cacharros sobre la encimera, tirando los platos al suelo.

Gonzalo presionó con todas sus fuerzas, apretando los dientes, mientras Linda se giraba hacia el fregadero, buscando apoyo. Trató de apartar el brazo de Gonzalo. Con la otra mano, intentó golpearlo. La trituradora se encendió con el codo. La expresión de Gonzalo era feroz. La cara de Linda cambió de color. Sus dedos perdieron fuerza. El billete se resbaló entre sus dedos.

Mientras el último suspiro de vida de Linda se escapaba entre las manos de Gonzalo, el billete de lotería flotó lentamente hasta la trituradora.

 

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Pos un cuento

Bueno, a ver. Esto era… por ejemplo, un rey. Pero no uno de estos modernos que sólo salen en fin de año haciendo el paripé, sino uno de los de verdad, a la antigua usanza, de los que molan. Uno de esos reyes con larga barba blanca, lacayos, castillo y que como le toques las pelotas te manda decapitar.  Un rey, rey.

Si el rey mola, la reina también tiene que molar. Pues que sea una reina gorda. Pero muy gorda… gordísima. Y que siempre tenga  hambre. De hecho, se va pasar el día en el salón del palacio real, sentadita en su trono, frente a una enorme mesa llena de comida. Cerdos asados humeantes con manzanas en sus bocas, pollos fritos, patos lacados, cordero, ternera… todo muy saludable.

- ¡Chambelán!

- ¿Qué desea su alteza?

- Traedme más comida, esto parece una triste merienda…

- Majestad, es la merienda…

- ¡Que me traigan más comida, he dicho!

- Como guste su majestad… Continue reading

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Consulta

La recepcionista llevó a Juan al despacho del doctor
Peláez. Era su segunda visita. Su tío le había explicado que el doctor podría
ayudarle a superar lo de sus padres. Al parecer, el proceso iba a ser largo. El
primer día el doctor Peláez le había dicho que el primer paso era hablar,
hablar de cualquier cosa, porque el contacto con las personas era importante.
Juan no se sentía de humor para hablar de nada, pero se esforzó en intentar
tener una conversación normal con el doctor. Se lo había prometido a su tío, la
única familia que le quedaba.

 

En las películas, las consultas como aquella tenían el
aspecto de bibliotecas antiguas, con un diván de cuero en el centro. El cuarto
en el que estaba no era así. Se sentó en un sofá normal, mientras escuchaba el
hilo musical y esperaba mirando sin interés las paredes en tonos pastel. Cuando
la puerta se abrió, la persona que entró a saludarle no era el doctor Peláez.

 

- Hola, Juan. Encantado de conocerte. El doctor Peláez no
ha podido venir, así que me ha pedido que acuda en su lugar.

 

Juan le dio la mano. El hombre se sentó y empezó a revisar
unos papeles.

 

- Veamos… Así que tú eres Juan García, ¿verdad? Catorce
años… Ah, ya veo… padres fallecidos en accidente de coche hace… dos
meses… paciente muestra estados depresivos, introversión… Ajá… Hay que
tratar eso, entonces. Bien… Bueno, Juan… tú… ¿Cómo te sientes ahora?

 

Juan dudó un momento antes de contestar.

- No lo sé… mal, supongo.

- ¿Supones? Bueno, aquí dices que estás algo peor que
mal… has perdido a tus padres, que eran tu familia. Y ahora te has quedado
solo, siendo tan joven… ¿Es que no querías a tus padres?

- Yo… eh… claro que les quería, eran mis padres.

- ¿Estás seguro? Porque pareces muy tranquilo.¿Seguro que
les querías? ¿Nunca te peleaste con ellos? ¿No te castigaron y pensaste: ojalá
se murieran?

- Eh… no, digo… sí. Yo les quería. A veces peleamos,
pero…

- ¿Deseaste que se murieran?

- …

- Es muy normal, no te preocupes. Vamos, estoy aquí para
ayudarte. Tienes que ser sincero conmigo. ¿Lo hiciste? ¿Deseaste que murieran?

- No… yo… no lo sé… tal vez… ¡Pero no quería que
pasara de verdad! No…

- Entonces, ¿los odiabas?

- ¡No! No… Yo les quería, les quería mucho… no quería
que murieran…

- No estoy seguro de creerte… ¿Tu madre no te cuidaba
bien? ¿No era buena contigo?

- Sí… claro que sí…

- Oh sí… Debía de ser una muy buena madre… cariñosa,
complaciente. ¿Ya no piensas en ella? ¿En esos momentos, de pequeño, en que te
arropaba en tu cama por las noches?¿O cuando te ponías enfermo y se quedaba a
tu lado, siempre pendiente de ti, esforzándose para que fueses feliz?

- Sí… sí… claro que pienso en ella, claro que lo
recuerdo ¿cómo no voy a recordarlo? Cada día, cada noche… ella ya no está, ni
mi padre, mi familia… y… ya no están

- No.. ya no están. Tiene que ser duro… ¿Qué harás el
resto de tu vida? No volverás a verles nunca más. No volverán a estar contigo.
¿Cómo te sientes cuando piensas en eso?

- Mal… muy mal…

- ¿No lo supones? ¿Estás seguro?

- Sí… me siento muy mal…

- Bueno, bueno, bueno… pero… ¿te vas a poner a llorar?
Venga, hombre… ¿es que acaso eres una nenita?

- …

- Buah.. Buah… mira como lloro… soy una nenita de
mierda…

 

El niño se había roto y no dejaba de llorar.

 

- ¿Pero por qué me dice eso?

- Porque es la verdad, ¿no te das cuenta? Eres un inútil
sin padres. Ya no tienes nada que hacer en la vida. Todo lo que te espera es
quedarte tirado en una esquina llorando. Para eso es mejor que te tires por la
ventana y acabes con todo. Tu vida es una mierda ahora. Lo peor que le podía
pasar a alguien como tú.

- Me quiero morir…

- Claro que quieres, es normal. Cualquiera en tu lugar ya
lo habría hecho. Se habría tirado por esa ventana. Tú no lo haces porque eres
estúpido, un patético subnormal, y quieres vivir jodido para siempre. Te espera
el infierno. Pasarás cada día acordándote de tu madre y de tu padre,
angustiado, perdido, sin saber qué hacer. Nadie te querrá. Acabarás en la calle
con los yonquis hasta que te mueras. Eso es lo que vas a tener en vez de
tirarte por esa ventana abierta ahora mismo.

- ¡Cállese! ¡Me tiraré!

- No tienes huevos, nenita…

 

El doctor Peláez abrió la puerta de su despacho, pero no
había nadie. Se dirigió a hablar con la recepcionista.

- Sandra, ¿no me dijiste que Juan estaba ya esperándome?

- Sí doctor, allí le dejé hace como quince o veinte
minutos. Le dije que tuviera un poco de paciencia.

 

En aquel momento, Sandra tuvo la extraña sensación de
escuchar una risa cáustica. Abajo, en la acera, alguien llamó a una ambulacia.

 

 

 

 

 

 

 

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