- Yo… No quiero… Este sitio no me gusta… Yo…
- Tú te callarás la puta boca, zorra de mierda, y harás lo que yo te diga si no quieres que te la parta. ¿Estamos?
No sabía si lo que sentía era miedo, pero se calló mientras él le desabrochaba la camisa con la torpeza del ansia y le echaba en la cara los vapores de su aliento alcoholizado. Siguió murmurando para sí.
- Eso es… calladita… Dios, cómo me molesta tu voz… ¡Joder qué tetas! Si por lo menos no tuviera que verte la cara… ¡Eh? Claro, joder…
Se incorporó de repente. Se apoyó de lado sobre una pierna de ella. Le hizo daño.
- ¡Date la vuelta! Voy a reventarte el culo a base de bien. ¡Ya verás como te gusta…! ji, ji, ji….
Se giró como pudo. A gatas, él aprovechó para tirar de sus pantalones, haciéndola perder el equilibrio, y dio con la nariz contra la hierba seca del parque. La iluminación era pobre, pero desde allí pudo ver varios condones usados y algo que parecía una jeringa rota, aunque en todo aquello ella sólo supo ver basura. Empezaba a hacer frío y se sentía cada vez más incómoda. No lo entendía del todo, pero aquello no era lo que tenía que estar pasando. Notó cómo le bajaba las bragas, y enseguida el empuje que intentaba penetrarla.
- ¡Ay, me duele!
- …
- ¡Me haces daño!
- ¿No te he dicho que te calles la puta boca, hostia!?
- Pero…
Dejó de presionarla por un momento, la agarró del cuello con rudeza y le pegó la cara al suelo. Se acercó para gritarle al oído. Estaba rabioso.
- Escúchame bien, jodida retrasada. Vas a quedarte ahí sin decir una palabra hasta que yo te diga que te levantes. Y como vuelvas a decir algo más o tenga que volver a ver tu cara de mongola te juro por mi puta vida que de la paliza que te pego no lo cuentas. ¿Te enteras?
No dijo más.
Al poco volvió a sentir el dolor, pero esta vez apretó los dientes y aguantó, intentando no hacer ruido. Escuchó cómo algo se acercaba pero no se atrevió a girarse para verlo. El movimiento paró de pronto y salió de su interior.
- ¡Cago en Dios! ¿Pero tú que coño estás miran…?
Sonó como si se partiese una nuez con una piedra. Oyó la caída de un cuerpo desplomándose. Apretó los ojos y se esforzó para no mirar. Permaneció en silencio, sin moverse, sólo escuchando. Una presencia que se aproximaba. Una cremallera bajándose.
Unos brazos la envolvieron con cuidado y unas manos empezaron a recorrerla. No había brusquedad en sus gestos. No había ira. Su piel reaccionaba a las caricias surgiendo nuevas y agradables sensaciones. Más abajo, por detrás, sintió la cercanía palpitante de un calor que se le metía dentro, despacio, abriéndose paso poco a poco mientras un cosquilleo indescriptible nacía y crecía en su interior. No supo qué pasaba ni cómo. Sólo que quería seguir, que quería más de aquello. No entendía nada pero no le hacía falta. No tenía que pensar, sólo sentir.
A cada paso, cada segundo, un ritmo candente se incrementaba. Notaba el tacto, blando y caliente, y a la vez firme, y la intensidad sofocante que la perdía. Ya no podía. Gemía. Quería. Y un disparo eléctrico explotó en la profundidad de su alma.
Finalmente el hombre se apartó de ella y la dejó descansar. Había perdido la fuerza en las piernas y se quedó tendida sobre el césped. Estaba frío y áspero, pero no le importaba. Oyó la cremallera que se cerraba y pasos apagados que se alejaban. Recordaba que no debía mirar atrás así que se mantuvo en silencio y tumbada hasta que se durmió.
El sol del amanecer la despertó a la mañana siguiente. Se restregó los ojos y se acomodó la ropa sin ser todavía consciente de dónde estaba. Al darse la vuelta vio un cuerpo inmóvil boca abajo. En la cabeza se veía una enorme brecha con un rastro ennegrecido de una pasta rojiza que había dejado una extensa mancha sobre el césped. Aquella persona no se movía. Le vinieron a la mente retazos de la noche pasada. Se acercó con inquietud. No sabía cómo podría reaccionar, pero al ver que permanecía sin moverse decidió hablarle.
- ¿Hola? ¿Estás dormido, papá?
me parece escalofriante tu relato,muy furte,un saludo