Kándeljag – Parte I

 

-                    Teniente Lytan Ram comunicando con nave base. Como se esperaba, la superficie del planeta presenta importantes dificultades para desplazarnos debido a la gran extensión del légano que parece cubrir toda la zona.

-                    Bonita forma de decir que estamos cubiertos de mierda hasta las cejas…

El sargento Nuk aprovechó para chapotear en el barro que les cubría por encima de las rodillas. Pese a la baja gravedad, avanzar a través del cenagal con los trajes espaciales estaba resultando una auténtica pesadilla.

-                    Cállate, Nuk, y sigue caminando. Como no consigamos volver antes de que salgan los soles, te voy a hacer tragar toda esta mierda reseca hasta que nos rescaten.

 

Kalim tampoco se sentía demasiado contento de estar allí. Lytam lo sabía. A los tres les pasaba lo mismo, en realidad. Aquella era una misión asquerosa en un planeta perdido lleno de barro donde ni siquiera podían permitirse usar una nave de exploración porque no había de encontrar un lugar seguro para el aterrizaje. No sólo por la composición del suelo. Las únicas plantas visibles eran una especie de árboles negros cubiertos de púas, como tallos de rosa gigantescos. Alcanzaban fácilmente entre diez y quince metros de altura y cubrían toda el área que rodeaba el objetivo. Justo por donde tenían que pasar.

 

La nave base les había dejado a escasos doscientos metros del objetivo, lo cual desde ahí arriba parecía una nimiedad pero abajo, metidos en aquella sustancia viscosa, cada paso les costaba como cien. A Lytam le preocupaba el comentario de Kalim. El cieno en que se encontraban sólo adoptaba esa forma en la noche de aquel planeta, que duraba unas seis horas terrestres, o para ser más exactos, diecisiete horas lepturianas. En cuanto amaneciera, el calor de los dos soles convertiría todo aquello en una especie de cemento rápido. Nada agradable. Tenían que darse prisa. Ya iban retrasados con respecto al horario planeado.

 

-                    Nave base a Comando de Exploración. Teniente Ram, haga lo posible por cumplir el horario. La vegetación complicaría enormemente tener que ir a buscarles. Si la dificultad le parece excesiva, sería preferible que regresaran ahora. ¿Es así?

Aquello no aportaba nada nuevo a Lytam.

-                    Negativo. El retraso estimado será de unas cuatro horas lepturianas. Suficiente para regresar antes del amanecer.

-                    En tal caso, quedamos a la espera de noticias.

Lytam cerró la comunicación con la nave base y habló de nuevo por el circuito cerrado.

-                    Bueno, muchachos. Ya lo habéis oído. Cuanto antes salgamos de esta cosa, mejor.

-                    Qué remedio…

 

Lytam y los demás continuaron el avance con resignación. En esos momentos deberían estar viajando hacia VI-410, para reunirse con la flota del almirante Stark. Desde que la Confederación Tadir declaró la independencia de la Federación Terrestre, los escarceos habían ido en aumento. El hecho de que Tadir hubiese destruido las posiciones de la Federación en VI-312 con la excusa de que estaban invadiendo los límites de su espacio interplanetario tiró al garete todos los esfuerzos diplomáticos. A Lytam le produjo sentimientos encontrados. Aquello había sido una solemne estupidez. Aunque en los últimos tiempos se habían estado rearmando en secreto y el poder de su ejército había crecido mucho, Tadir nunca podría oponerse a la fuerza militar de la Federación. Por otra parte, Lytam echaba de menos las sensaciones de un verdadero combate en el espacio.

 

Habían pasado ya tres años terrestres desde que participara en la represión del planeta de los Rogem, cuyo nombre real resultaba impronunciable. Empezaron a asaltar las naves comerciales que atravesaban la galaxia, con el beneplácito de sus gobernantes, en algo parecido a una revisión de la patente de corso. Otra estupidez. Las naves de asalto de Rogem parecían dianas con alas ante los robots de combate de la armada de la Federación. Lytam derribó a tantos que acabó perdiendo la cuenta y volvió a casa con el aburrido regusto de participar en un juego de niños. Desde entonces, miles de horas de simulación. No era lo mismo.

 

Y ahora, cuando por fin iba a enfrentarse a una batalla real, donde podría pelear ante  oponentes equipados con robots de combate, tenían que pararse en ese planeta para enfangarse y revisar la supuesta presencia de algo que el ordenador había detectado como “armamento interespacial potencialmente peligroso” con una probabilidad estimada del 8%. Una excusa absurda. El comandante Gómez, al mando de la nave base, un tipo gordo y apoltronado que llevaba treinta años viviendo de las rentas que le proporcionaron un par de hazañas de juventud, cuando aún era un auténtico soldado, pero que se había dejado llevar por una abulia creciente a medida que los años y las pintas de cerveza pasaban por su lado, debía de pretender retenerles allí para no tener que entrar en lucha junto con el resto de la flota. Lytam deseaba con todas sus fuerzas reventarle las tripas. Se presentó voluntaria para la misión. Si quieres hacer algo bien y rápido, hazlo tú misma. Esperaba encontrar los despojos de alguna nave estrellada o algún antiguo puesto científico abandonado. Fuese lo que fuese tenía que estar bien enterrado. Sólo tenía que llegar hasta allí y certificar que aquello era basura. Luego irían directos con la flota hasta la batalla en VI-410.

 

-                    Lytam, estamos llegando… Me parece ver algo ahí delante.

 

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