Entró en la tienda del Rey. No era la primera vez, pero volvía a sentirse algo incómodo en aquel lugar, ante la presencia imponente de los altos cargos. El general Zandoff, su señor, estaba allí también. Al menos era una cara conocida, aunque seguía sin saber la razón por la que le habían convocado y aquello no le tranquilizaba. Como simple capitán de brigada no era algo habitual, y las veces anteriores sólo había habido una razón para ello.
- Bienvenido, capitán Landis. Tenemos una misión especial para vos.
Landis mantuvo una expresión impasible, pero se estremeció por dentro. Misión especial era un sinónimo de misión suicida. El tipo de ataque de riesgo que ningún soldado en su sano juicio se atrevería a aceptar. Algo que sería suficiente como para arriesgarse a la sublevación, salvo que se tratasen de las órdenes directas del propio Rey.
La primera vez, en Velora, Landis había entendido en su inocencia que se le llamaba para recibir algún tipo de responsabilidad adecuada como premio a sus actuaciones en las batallas de Aquistania, donde había logrado brillantemente su ascenso a capitán. El descubrimiento de la realidad fue duro: Se le encargaría encabezar un destacamento de jinetes ligeros que pretendían atravesar por sorpresa el campamento del Rey Kanz de Velora y obtener su cabeza. Las posibilidades de éxito eran tan escasas que los propios generales aún discutían sobre la sensatez de la idea mientras se la encomendaban. Landis nunca supo a quién se la habría ocurrido semejante locura, ni quién le recomendó para realizarla, pero le dejaron bien claro que el Rey había estado de acuerdo. Landis no protestó. La palabra del Rey es absoluta.
En aquella ocasión no dieron con el Rey Kanz. Landis volvió milagrosamente vivo junto con uno de sus jinetes después de haber sido alcanzado por seis flechas velorianas, que de alguna manera incomprensible no llegaron a atravesar sus órganos vitales. En la brigada, los hombres empezaron a llamar Landis el Tarim. Landis se lo permitía. La mitología de Baralia contaba la historia de Tarim, un muerto al que los dioses le concedieron el don del habla. Y Landis tuvo claro que no era más que eso: un muerto que hablaba.

La segunda vez que visitó aquella tienda fue el mismísimo Rey Marten de Baralia quien le puso una mano en el hombro y le confió la dirección de la brigada para enfrentarse en campo abierto al ejército de Kanz en una maniobra de distracción que les permitiera separar sus tropas en un ataque tan aleatorio como desconcertante. Aquello era el equivalente a una sentencia de muerte. Se lanzó al ataque con cincuenta hombres de la brigada contra los dos mil soldados de Kanz. Sólo la mitad pudo superar las ráfagas de los arqueros y llegar hasta las posiciones del ejército veloriano. En cuanto llegaran allí la única orden era sobrevivir entre sus filas el mayor tiempo posible.
Landis fue derribado por un golpe de maza que le rajó el yelmo y le dejó inconsciente. Ningún veloriano se preocupó por rematarlo, y cuando la batalla terminó, los enfermeros baralios le encontraron. No hubo un gran honor en ello, pero podía contarlo.
Ésta era la tercera misión. Landis pensaba que toda la suerte que podía haber tenido en su vida estaba ya más que agotada.
- Como sabéis, las montañas de Corpan, en el paso de Aquistania, se hallan ahora infestadas de desertores aquistanos y velorianos… mercenarios, asesinos, bandidos… toda la zona se ha convertido en un foco de rebeldes peligrosos.
Landis escuchó al general Zandoff intentando disimular la desconfianza. Las montañas de Corpan no eran más que unos pocos riscos pelados en un área desértica donde no había más que rocas y tierra sucia. Puede que fuese un lugar donde algún pequeño grupo de desertores se refugiaría temporalmente, pero… ¿bandidos? El paso de Aquistania estaba fuera de las rutas comerciales. Los viajeros que lo cruzaban solían ser inmigrantes norteños que intentaban entrar en el reino buscando algún pueblo más al sur donde asentarse, tal vez en Aquistania capital, y la mayoría no tenía en los bolsillos más que arena del desierto. No había puestos de vigilancia en muchas leguas de distancia porque nunca había sido una zona peligrosa. Algo no estaba bien. ¿Bandidos? Landis no lo creía. En las montañas Corpan sólo había una o dos aldeas de cabreros, los hijos de los hijos de los mineros de las minas de hierro agotadas que fueron la única riqueza de Corpan, hace un siglo. Un desertor que quisiera escapar tendría el paso de Aquistania para huir al norte, al reino de Torne, o tal vez a Maracandia. ¿Quién querría quedarse en una tierra semejante? Landis intentó no preguntárselo.
- Nuestros espías han descubierto dónde se encuentran. Al parecer se ocultan en una aldea junto a las antiguas minas de hierro. Representan una amenaza para el reino que deseamos que eliminéis.
- ¿Mi señor desea que destruyamos la aldea?
El general Abrante tomó la palabra.
- Capitán Landis, es deseo del Rey que no quede piedra sobre piedra ni testigo vivo entre sus habitantes.
Landis dio un respingo… ¿Testigo? Un consejero a quien Landis no conocía intervino.
- Y otro detalle, mi buen capitán… Cuando esta pequeña incomodidad haya finalizado, aseguraos de mantener vigiladas las minas. Tal vez… exista alguna posibilidad de que puedan reabrirse. Si alguien encontrara casualmente algún metal de interés, no sería adecuado que se perdiese o que lo difundiera. En caso de que hubiese algún fragmento de, digamos, plata, es importante que lo mantenga a buen recaudo hasta que lleguen los ingenieros.
Zandoff dirigió una mirada feroz al consejero.
- Consejero Atropal, os agradeceremos que nos deje las instrucciones de carácter marcial a los militares.
Landis empezó a entender. Su voz se volvió fría.
- ¿Es deseo de mi señor que acabemos con la vida de cuantos puedan estar cerca de las minas y las mantengamos bajo control para que se inicie su explotación en secreto?
Zandoff no contestó. El consejero Atropal se mostró complacido. Abrante se lo confirmó.
- Es el deseo del Rey, capitán Landis.
Landis repitió para sí esas palabras mientras completaba el protocolo y salía despidiéndose de la tienda. ¿El deseo del Rey era pasar a cuchillo a toda una aldea de inocentes cabreros porque al parecer se podía extraer plata de aquellas minas muertas? Se preguntó si alguien en el consejo, incluido el rey, conocía el significado del Honor.
Semanas después Landis llegó a Corpan con la brigada. En la aldea no había ni rastro de supuestos bandidos ni desertores. Mujeres, niños, y hombres pobres, que les ofrecieron la hospitalidad de las montañas y que no habían empuñado un arma en su vida.
La brigada le era leal. El paso de Aquistania estaba cerca. Landis no necesitó saber más.