Revelación


Es la primera vez que mi culo mea mierda de un bonito y
brillante marrón anaranjado. El chorro de defecación flota amigablemente en el
pequeño laguito del retrete mientras me relajo y disfruto esperando la llegada
del siguiente retortijón. La muerte me acecha cuando llega el dolor, y me
barrena desde dentro para poder escupirse fuera de mí.

 

Sal ya.

 

Eso es.

 

En ese momento vi a Dios.

 

Me decepcionó un poco. Era gordo, calvo, con unas orejas
extrañamente largas… pero parecía bastante contento. Me mostró una simpática
sonrisa de abuelito feliz y me habló sin emitir sonido alguno.

 

- No temas. – supe que me decía – No tengas miedo.

 

No me preocupé. Si me cagaba de miedo no se iba a notar.
Supe que se trataba de un momento solemne. Falto de práctica, no recordaba cómo
debía comportarse uno ante Dios. Intuía que había que hacer algo con las manos,
en plan alabanza, no vaya a ser que me churruscara con un rayo por el escroto
como ese dios del griego, Jesús… Hice lo primero que me sonó.

 

- Este… ¡Heil, Dios!

 

Aquel tipo amplió levemente su amable sonrisa y muy adentro
en mi cabeza sentí como suya una suave risa que me recordó a Papa Noel… Por
un momento pensé que tal vez no fuese Dios, sino Papá Noel, pero enseguida lo
descarté porque como todo el mundo sabe Papá Noel sólo aparece en Nochevieja. Y
estábamos en Marzo. Que digo yo que nunca ha caído Nochevieja en Marzo. Y
además, con esas ropas ligeras, plan spa arcoiris, en el polo se le congelarían
las pelotas. Estaba claro que tenía que ser Dios. Me entusiasmé pensando en lo
rápido que había resuelto mi crisis de fé. En esas estaba cuando me volvió a
hablar con su truco de ventrílocuo y me dijo algo que nunca olvidaré:

 

- Si ves a Dios, mátalo.

 

Claro, eso hizo que una acumulación de gases revuelta con
los pimientos de la comida se me saliese con presión estrepitosa. Es que una
frase así, con el culo frío, dicha por quien la dice, te tiene que afectar en
lo profundo. No supe qué hacer. Y así le dije:

 

- ¿Y qué hago?

 

Me mostró un aire complacido, o así me lo pareció, y por
primera vez se movió para señalarme con el dedo la pequeña ventana cerrada del
cuarto de baño.

 

Entonces lo entendí todo. Se fundieron más allá de las
capacidades de mi mente humana lo universal y lo cuántico, lo mundano y lo
divino, y vi con claridad lo que intentaba decirme: que mi vida no estaba
limitada por mi corteza de miras, que sólo con un pequeño gesto, con mi
voluntad de abrirme al exterior, podía superar los obstáculos que me separan
del infinito y alcanzar una experiencia más allá del cielo. Él agitó su otra
mano con un ademán que supuse que quería decir: "Madre mía, cuánto has
sido capaz de aprender en este breve encuentro, estoy orgulloso de que
revelaras la capacidad oculta en tu interior".

 

Entonces noté que su tez se tornó verdosa. Se fue, y no hubo
nada.

 

This entry was posted in Libros and tagged , , , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>